José Gregorio Hernández, nuestro Santo de la Medicina

El día de hoy, 29 de Junio de 2009, se conmemoran 90 años de la muerte de uno de los venezolanos más insignes, no solo del mundo de la medicina, sino de la Historia de Venezuela. Me refiero al Doctor José Gregorio Hernández, el “Venerable”, quien no solo profesó una gran vocación por la medicina, sino también una enorme devoción por la fé cristiana. A él se le atribuyen cientos de milagros en diversas partes del mundo, y actualmente, se busca su canonización definitiva por parte de Benedicto XVI para hacerle honor en la enorme corte celestial de santos, como bien se merece este humilde trujillano de hablar pausado y caminar sosegado.

El Venerable

El Venerable

Sin embargo, el día de hoy no quiero hablar de él como hombre de la fe cristiana, sino como hombre de medicina, ya que forma parte de una gigantesca revolución científica y docente que cambió, de manera significativa, los estudios médicos en Venezuela desde el sobrehumano esfuerzo del Doctor José María Vargas. A él. el “Venerable”, un pequeño homenaje, repasando los aspectos más importantes de su vida, sin desmerecer a los excelentes biografos que lo han estudiado hasta el más minimo detalle. A pesar de lo corto que será esto, a mi juicio, será más que suficiente para ser recordado como hombre de ciencia.

El 25 de Octubre de 1864, nace en Isnotú, Estado Trujillo, José Gregorio Hernández, hijo de Benigno Hernández Manzaneda y Josefa Antonia Cisneros Mancilla. En 1882, estudia Medicina en la Universidad Central de Venezuela, graduandose de Bachiller en Ciencias Médicas el 19 de Junio de 1888, y obteniendo el Doctorado en Ciencias Médicas el 29 de Junio de ese mismo año, sorprendiendo a sus examinadores ante su tranquilidad a la hora del interrogatorio y a su capacidad para convertir en un monólogo fluido todas sus respuestas, obteniendo los máximos honores en su calificación.

Luego de haber regresado a Isnotú para ejercer como médico, recibe una nueva orden, esta vez de parte del Presidente de Venezuela de esa época, Juan Pablo Rojas Paúl. El Doctor Calixto González lo ha recomendado para viajar a Paris a actualizarse en los últimos adelantos científicos y médicos que imperaban en ese entonces, con el objetivo de que a su regreso, instale un laboratorio en el recién construido Hospital “José María Vargas” y se convierta en profesor en Microscopía, Bacteriología, Histología Normal y Patológica y Fisiología Experimental de manera inmediata. Llega a Francia en Noviembre de 1889, donde permanecerá por dos años bajo la supervisión del profesor Mathias Duval en un laboratorio de Histología y Embriología. Así también, trabaja en el laboratorio de Fisiología Experimental del profesor Charles Richet. Cabe destacar que para la misma época, también estudiaban en Paris otros médicos venezolanos de gran envergadura, como Pablo Acosta Ortiz, Santos Dominici y Luis Razetti. Quizá como curiosidad, el Darwinismo, imperante en Francia luego de la postulación de la Teoría de la Selección Natural, y que tuvo en Mathias Duval a un gran entusiasta, no produjo ningún efecto en José Gregorio Hernández, quien se mantuvo impermeable a esa teoría, debido a su fe cristiana férrea y su apego por el creacionismo.

Nada lo alejó de su creencia creacionista

Nada lo alejó de su creencia creacionista

En 1891, regresa a Venezuela cargado de una gran cantidad de materiales de laboratorio, sustancias químicas y una biblioteca, para cumplir la orden presidencial de la instalación del laboratorio, salvo que esta vez, por orden del Presidente Raimundo Andueza Palacios, es instalada en la Universidad Central de Venezuela, además de que fue nombrado inmediatamente como Catedrático de Histología Normal y Patológica, Fisiología Experimental y Bacteriología. Así, se da inicio el proceso de cambio en los estudios médicos en Venezuela, luego de un estancamiento en su desarrollo desde 1827, cuando José María Vargas reforma los estudios médicos de la época. Su método de enseñanza era teórico y práctico. Practicó la vivisección para el estudio de la fisología, y realizó preparaciones histológicas de tejidos sanos y enfermos. Sus clases fueron recopiladas por los estudiantes en un libro titulado “Lecciones de Bacteriología”, ampliamente elogiado por el prólogo de Luis Razetti.

José Gregorio Hernández fue un hombre muy parco al hablar, pero cuando abría la boca, hablaba de forma contundente. De él, existen testimonios del amplio sarcasmo utilizado con sus estudiantes cuando estos no rendían correctamente o cuando se dejaban llevar por la indisciplina. SComo ejemplo, un estudiante reprobado en un examen final esperó al pie de unas escaleras a que bajaran los examinadores para hacer el reclamo. El primero en bajar fue José Gregorio Hernández, quien fuera juez del muchacho, y este le pregunta: “Quiero saber el nombre del que me reprobó”, a lo que contesta Hernández: “De su nota, estuvimos de acuerdo todos los examinadores”, dejando indefenso al pobre bachiller.

José Gregorio Hernandez fue un maestro severo, pero justo.

José Gregorio Hernandez fue un maestro severo, pero justo.

Se dice que en 1912, cuando la Universidad Central de Venezuela cerró sus puertas por la orden del dictador Juan Vicente Gómez, José Gregorio Hernández dijo, en su muy peculiar estilo: “Eso es un crimen”. Aún en su postura “casi” sumisa, el haber dicho estas palabras hubiera sido la perdición para él.

Un contraste peculiar, era su amistad con Luis Razetti. Este último era un volcán en erupción. Vociferaba, buscaba la controversia, tenía un verbo encendido y una energía inagotable, y siempre buscaba debatir con José Gregorio Hernández sobre la Teoría de la Descendencia, producto del Darwinismo, pero Creacionista hasta la médula, el Venerable siempre cercenaba sus ganas de debatir. Entre otras anecdotas, se dice que Hernández metía en secreto estampitas de la Virgen María en el bolsillo del saco de Luis Razetti, esperando que fuera iluminado y consiguiera el camino correcto, pero siempre que las encontraba al llegar a casa, las guardaba en un pequeño empaque de estampitas, todas dadas por él, como “vainas de Hernandito”.

A pesar de sus diferencias Luiz Razetti y José Gregorio Hernández fueron grandes amigos.

A pesar de sus diferencias, Luis Razetti y José Gregorio Hernández fueron grandes amigos.

Todas las mañanas, salía de su casa temprano para caminar por La Pastora, deteniéndose en casa de los enfermos para darles atención médica, siendo llamado por los familiares en cuanto lo veían pasar frente a la ventana. En ocasiones, cuando la familia no podía comprar los medicamentos, él mismo se dirigía a la botica a comprarlos. Una vez atendido el paciente, a veces trabajando gratis, se dirigía a su casa a almorzar e indicar la lección a su preparador, el entonces estudiante Rafael Rangel, para después dirigirse a la Universidad a impartir la clase. Finalmente, luego de una nueva visita a sus enfermos, volvía a casa a encerrarse en su habitación, para repetir la misma rutina una y otra vez.

Para 1918, aparece la terrible epidemia de Gripe Española en nuestras costas. José Gregorio Hernández forma parte de los médicos que atienden a los enfermos de este mal, aceptando, por primera vez, el uso de un automóvil para poder trasladarse de un lado a otro, ya que no podía atender a tal volumen de pacientes a pie.

El fatídico día llegó el 29 de Junio de 1919, cuando, luego de atender a un paciente, se dirige a la botica para comprar el medicamento prescrito. Aprovecha para cruzar la calle cuando observa que el tranvía se detiene para descargar y cargar pasajeros, pero no pudo ver como un automóvil avanzaba por el carril contiguo a toda marcha. Del golpe, el doctor sale despedido y se golpea la cabeza repetidas veces en la acera. El conductor del vehículo homicida y su acompañante se bajan del auto y socorren a José Gregorio, llevándolo de inmediato al Hospital Vargas, pero ya nada se pudo hacer. Luis Razetti, luego de examinarlo, declaró a José Gregorio Hernández muerto.

Toda Caracas lloró a este hombre ejemplar, como si se tratara de un gran héroe de la Independencia.

Actualmente, sus restos reposan en la Iglesia de La Candelaria, en Caracas, desde donde los feligreses le ruegan que pase a la cama del enfermo para que los salve del mal que los aqueja. Según dicen sus deudos agradecidos, sigue caminando como siempre, atendiendo a todo aquél cuyo familiar lo detiene, en cuanto pasa por su ventana.

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2 Respuestas a “José Gregorio Hernández, nuestro Santo de la Medicina

  1. Pingback: El Resumen del Año en El Eskulapio Criollo « El Eskulapio Criollo

  2. es un santo milagroso si tienes fe

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